Por qué no recomiendo el IEPP (Instituto Europeo de Psicología Positiva)

Conozco bien la trayectoria del Instituto Europeo de Psicología Positiva, y siempre me he mantenido al margen aunque muchas cosas no me gustaran. Sin embargo están sucediendo recientemente hechos que considero bastante graves, que me llevan a la incómoda posición de tener que hablar. Como hay una larga historia detrás, hablaré por tanto a título personal, no como presidente de la SEPP (Sociedad Española de Psicología Positiva), y me centraré en los movimientos hechos desde la dirección del centro, sin sugerir nada negativo acerca de los psicólogos que allí trabajan que se merecen todo mi respeto.

Los comienzos como Brains Psicólogos fueron bastante poco edificantes, aunque hoy no me voy a referir a ellos. Algunas personas pueden argumentar que comenzar en la práctica profesional no es fácil, y que en esos casos, estaría justificado echar mano de estrategias poco convencionales. Pero en este caso, lejos de mejorar sus formas tras su consolidación, la mala praxis se ha agravado con el tiempo. Pondré dos ejemplos recientes, los más significativos.

Hace unos años, un grupo de personas del IEPP crearon el “grupo de psicología positiva” del Colegio Oficial de Psicólogos (COP) de Madrid a la vez que comenzaban a dar charlas introductorias gratuitas en el COP para promocionar sus cursos. Fruto de todo ello, al cabo de un tiempo publicaron un libro con ejercicios de psicología positiva (http://www.copmadrid.org/web/publicaciones/manual-de-ejercicios-de-psicologia-positiva-aplicada). Tan implicado estuvo el IEPP que, aunque participó un número amplio de personas, en la página del centro dicho libro aparece en el epígrafe “Libros escritos por el equipo del IEPP” (http://www.iepp.es/es/).

En este libro, además de hacer publicidad de su centro y su instrumento de evaluación de fortalezas de pago (p.9), se detallan una serie de ejercicios “inventados”, sin ningún tipo de validación ni apoyo empírico. Tras su publicación, las críticas no tardaron en llegar por parte de los que se sitúan en posiciones contrarias a la Psicología Positiva. Aunque en este caso tenían razón, no en vano es un ejemplo de lo contrario de lo que se supone que es la Psicología Positiva: una disciplina científica que promueve conocimientos, teorías y técnicas con un aval empírico. La imagen de la Psicología Positiva, que tanto ha costado defender, de nuevo por los suelos.

El segundo caso se refiere a lo que el IEPP denomina su modelo de fortalezas equilibradas. Según ellos mismos citan, el modelo ha sido supuestamente validado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). En realidad, la Universidad Complutense no ha validado dicho modelo. El IEPP se puso en contacto con el Jesús Alvarado, profesor de esta universidad, para pedirle asesoramiento para construir un test para medir fortalezas. Este profesor, a través de un proyecto de colaboración (art. 83), les asesoró sobre algunas cuestiones de tipo psicométrico. Tal y como el prof. Alvarado me transmite: “El asesoramiento fue sobre aspectos básicos, sobre cómo evaluar la validez de contenido, índices de discriminación, dificultad y estimación de la fiabilidad por consistencia interna y test-retest. Esta colaboración se limitó a obtener una primera versión del test y algunas evidencias preliminares sobre su funcionamiento, quedando pendiente para el futuro el realizar estudios más rigurosos de validación para establecer cuestiones fundamentales cómo la validez predictiva, la relación con otras variables, estructura interna, etc. En consecuencia, es incorrecto afirmar que de este primer estudio se desprenda que el instrumento esté validado o se justifique ningún modelo teórico, ya que para esto sería precisa una amplia tarea de investigación. A pesar de ello, IEPP consideró que no eran necesarios más estudios y procedió a la explotación del instrumento”.

Por tanto, ni la escala está validada, ni lo está el modelo. De hecho, el modelo tal y como se plantea, es profundamente erróneo. Intentaré explicarlo de forma sencilla. El modelo parte de una idea de Peterson y otros, que afirma que las fortalezas se manifiestan de forma adaptativa cuando se manifiestan con una intensidad moderada, y que tanto la ausencia como la presencia excesiva de una fortaleza pueden llegar a generar disfunciones (ver por ejemplo, Grant & Schwartz, 2011). Lo que hace el IEPP es usar su nuevo cuestionario (cuya aplicación a través de internet cuesta la nada despreciable cifra de 15 euros por cada uso) para clasificar las fortalezas de una persona en tres categorías: las que están en equilibrio, las que están poco presentes, y las que están muy presentes (que se deberían regular para alcanzar el equilibrio).

Lo cierto es que tener puntuaciones muy altas en una fortaleza, evaluadas con ese cuestionario, no implica en absoluto que dicha fortaleza sea disfuncional o que su presencia o intensidad tenga que ser controlada, algo que por otra parte reconoce el propio prof. Alvarado. ¿Por qué? Es muy raro que un mismo cuestionario sirva para medir la dimensión funcional y a la vez, la parte disfuncional de un constructo. Si los items están formulados en positivo, las puntuaciones altas mostrarán una alta presencia del rasgo del constructo en positivo, no tanto de las posibles reacciones disfuncionales. Por el contrario, si se mezclan dentro de la misma escala ítems en positivo con ítems centrados aspectos negativos, la medida dejará de tener consistencia interna. Por eso, cuando se quieren analizar las consecuencias positivas y negativas de un rasgo se suelen usar escalas independientes, como se hace por ejemplo en el caso de la pasión armoniosa vs. la pasión obsesiva (e.g., Mageau, Carpentier, & Vallerand, 2011).

Por tanto, el modelo, o mejor, la forma de aplicarlo es completamente incorrecta, y da información errónea a los usuarios, ya que les da a entender que deberían reducir la presencia de ciertas fortalezas en su vida, cuando no tiene por qué ser así en absoluto. No tienen ninguna evidencia de que sea así, nada en lo que basarse para poner los puntos de corte que usan. Dicho de otra forma, es casi imposible que detecten fortalezas en grado excesivo con el formato de test que han usado ¡sea cual sea el punto de corte que usen! De nuevo, una persona con una puntuación elevada en una fortaleza, que según los resultados del cuestionario del IEPP se le recomendaría moderarla, podría en muchos casos beneficiarse de usarla más a menudo o en nuevos contextos, justo al contrario de lo que se plantea en el informe.

Un error siempre puede ser analizado con indulgencia. De hecho, este apartado sería el menos grave, si no fuera por lo que se puede deducir a continuación: ¿Y si llegáramos a la conclusión de que quizá la razón de la colaboración con la UCM no era tanto proponer un modelo que cumpliera unos mínimos estándares científicos, sino sencillamente asociar el nombre de la UCM a su centro y a sus propuestas? Pues justo esto es lo que parece atendiendo a las últimas piezas de publicidad en Facebook (ver foto adjunta), en las cuales, ya sin pudor alguno, se da a entender que la Universidad Complutense avala, no sólo sus modelos, ¡sino también sus cursos y sus métodos!Captura_publicidad iepp

Este intento de aprovechamiento grosero y deshonesto de la marca de la universidad a la que pertenezco es lo que, al fin, me ha empujado a escribir este texto. Me resulta muy desagradable tener que censurar públicamente el comportamiento de otros profesionales de la psicología, especialmente cuando se dedican a la psicología positiva. Por desgracia, lo que está en juego es muy importante, el prestigio de la Psicología Positiva en general, y de la UCM en particular. Y lo siento especialmente por las personas que han invertido dinero en formarse en sus cursos o que actualmente trabajan allí. Pero creo que tienen derecho a conocer la realidad y quizá, si así lo consideran, a exigir otra línea de actuación. Nada sería más gratificante para mí descubrir que el IEPP cambiara sus políticas y se convirtiera en un centro serio, que promocionara la Psicología Positiva de calidad, y que fuera un modelo para otros.

Por todo ello, y como digo, aunque a futuro todo puede estar sujeto a revisión, en este momento no. No puedo recomendar el Instituto Europeo de Psicología Positiva. Como decía al comienzo hablar de esto no es agradable, pero las malas prácticas no hay que premiarlas, hay que censurarlas. Y en este caso, el silencio es un premio.

Gonzalo Hervás Torres (Universidad Complutense de Madrid)

Grant, A. M., & Schwartz, B. (2011). Too much of a good thing: The challenge and opportunity of the inverted U. Perspectives on Psychological Science, 6(1), 61-76.

Mageau, G. A., Carpentier, J., & Vallerand, R. J. (2011). The role of self‐esteem contingencies in the distinction between obsessive and harmonious passion. European Journal of Social Psychology, 41(6), 720-729.

 

La ciencia de la felicidad: ¿Informamos o desinformamos?

La ciencia de la felicidad es un movimiento convergente que reúne distintas disciplinas científicas en torno a un objetivo común: comprender mejor las bases de la felicidad humana y facilitar vías para mejorarla. Dentro de este movimiento destaca la Psicología Positiva, pero no hay que olvidar a los economistas y sociólogos que han aportado también mucho conocimiento y empuje al mismo (a destacar por ejemplo el trabajo de Ruut Veenhoven -sociólogo-, o Richard Layard y Mariano Rojas -economistas-).

La ciencia del bienestar ha tenido siempre en su agenda el ser útil para la sociedad. Obviamente el primer objetivo es científico, es decir, investigar y tratar de comprender el objeto investigado como un fin en sí mismo. Pero en un tema tan importante para la sociedad como es el bienestar personal, la felicidad, es inevitable que la dimensión divulgativa tome también cierto protagonismo.

La relevancia social del tema es incuestionable, como lo es también la necesidad existente en la sociedad de comprender mejor los procesos internos y externos que pueden nutrir o, por el contrario, ahuyentar el bienestar. Tras unos años de intensa actividad, tanto en el plano científico como divulgativo, es buen momento para echar una mirada atrás, no tanto para evaluar lo que se ha conseguido -algo muy difícil de juzgar- sino, sobre todo, para recopilar algo de lo aprendido.

Me gustaría centrarme en un aspecto en particular: ¿Cómo se debe comunicar eficazmente la investigación sobre la felicidad? ¿Se puede generar un efecto negativo o inesperado? Y si es así, ¿cómo prevenirlo? El listado que aparece a continuación muestra una selección de conclusiones derivadas de vivir este proceso de divulgación como espectador y también en primera persona. Tenerlos en cuenta puede servir para que la tarea divulgativa sea más eficaz y consiga su objetivo, que no es otro que dar información útil, y además hacerlo con precisión, evitando generar malentendidos.

Las premisas que, en mi opinión, deberían estar presentes a la hora de divulgar hallazgos científicos relacionados con la felicidad son las siguientes:

  1. Definamos la felicidad. Hablar de la felicidad sin definirla previamente puede llevar a confusión. Muchas personas creen que la felicidad es un estado anímico momentáneo, que puede ser positivo o negativo en función de las circunstancias. La felicidad son momentos, se suele decir. Por el contrario, para la mayoría de las personas, y también para los académicos, la felicidad es un estado relativamente estable de satisfacción con la propia vida (sin entrar en detalles). Si no aclaramos a qué nos referimos con el término clave, difícilmente se entenderá adecuadamente el resto del mensaje a transmitir.
  2. La felicidad es compleja. La felicidad es algo que se puede medir y, por tanto, se puede investigar. Pero hay que ser fieles a la realidad: es un campo muy complejo. Porque la felicidad de una persona depende de muchos factores, y además el peso de los factores puede variar de persona a persona. Por tanto, si alguien transmite la idea de que es un tema sencillo, o que ya sabemos todo sobre ello, o está vendiendo humo o sencillamente se equivoca. Y no sólo eso, sino que transmite una idea engañosa. Por ejemplo, si hablamos de un estudio sobre la importancia del agradecimiento para la felicidad, pero no especificamos que ése es tan solo un factor más entre muchos, puede generarse la falsa ilusión de que sólo con agradecer cosas, podrá ser feliz fácilmente. Advertir que la felicidad es compleja y multicausal puede ayudar a contextualizar mejor los resultados de investigación.
  3. La felicidad no sólo depende de uno mismo. Aunque puede resultar muy motivador destacar lo contrario, lo cierto es que las circunstancias que rodean a una persona pueden condicionar su felicidad. Lo que ocurre es que algunas realidades nos llevan a pensar lo contrario. Vemos que hay personas en condiciones de pobreza en países africanos y que aun así son felices. O a personas en nuestro contexto cercano que son felices tanto en situaciones de estabilidad como ante situaciones de adversidad. Y podemos llegar a la conclusión de que lo único relevante para explicar la felicidad son los factores internos. Estos casos tan extremos se pueden llegar a explicar (aunque eso es tema para otro post), pero no responden a la generalidad. Las circunstancias, los problemas, las contrariedades, influyen. Y más, cuando esos condicionantes son bruscos e irrumpen en la vida del individuo sin previo aviso. En esos casos, lo normal es que limiten la felicidad del individuo. Por ejemplo, sabemos que la dificultad para encontrar un empleo, la acumulación de estrés fruto de muchas pequeñas adversidades o incluso el tiempo excesivo a la hora de llegar al trabajo influyen negativamente en la felicidad de las personas. Es verdad que la misma situación puede afectar a unas personas más que a otras. Tampoco se puede negar que una actitud constructiva puede suavizar una situación de adversidad. Pero incluso en esos casos las dificultades influyen, y a veces, influyen mucho.
  4. Ser feliz no es fácil. En realidad, la confusión sobre que ser feliz es fácil se deriva de lo anterior. Si damos por bueno que conocemos todo sobre la felicidad y que depende uno mismo, no debería ser muy complicado llegar a serlo. En primer lugar, habría que aclarar una confusión frecuente: no es lo mismo ser un poco más feliz que ser plenamente feliz. Suena parecido pero las diferencias son notables. Ser plenamente feliz no sólo no es fácil, sino que puede ser altamente improbable para el subgrupo de personas con mayores desventajas de partida (por ejemplo, genéticas). Sin embargo, puede resultar accesible aumentar moderadamente los niveles de felicidad de una persona a través de ciertos ejercicios o con cierto entrenamiento. Pero aumentar la felicidad de una persona de forma marcada -digamos pasar de un 6 a un 8, sobre una escala de 10- es complicado, incluso con el apoyo psicológico de un experto.
  5. Ser infeliz es algo normal. Creo que es importante normalizar que muchas personas pueden atravesar etapas en las que no son felices. Creer lo contrario añade una dificultad más a la propia experiencia de insatisfacción o frustración. Las razones son múltiples y, de hecho, lograr una felicidad más intensa y duradera implica en ocasiones invertir esfuerzos y asumir sacrificios que llevan a la persona a ser infeliz durante un tiempo. Dependiendo de la persona y de la situación, la infelicidad puede ser inevitable, como en el proceso de afrontar una enfermedad grave o al estudiar una oposición. Pero en otros casos la infelicidad puede ser fruto de un mal enfoque vital o de un problema psicológico, y abordar el problema puede ser de esencial para esa persona, y por qué no decirlo, para todos los de su alrededor. En todo caso, ser plenamente feliz toda la vida no debería ser la medida del éxito personal. Dejando al margen los casos más particulares, podríamos decir que aspirar a un nivel de felicidad medio-alto, con algunas épocas mejores y otras con cierto nivel de infelicidad, es un objetivo probablemente más realista.
  6. La felicidad no es el único valor. La felicidad es un valor muy relevante para la mayoría de las personas, sobre eso hay mucha evidencia; pero eso no quiere decir que sea el único valor o el valor prioritario para todas las personas en todas las situaciones. Son muchos los valores que una persona puede adoptar: la justicia, el buen trato, el ecologismo, la honestidad, la amistad, el trabajo bien hecho, la familia,…etc. Entre estas motivaciones, evidentemente puede aparecer el deseo de felicidad propia y de felicidad para las personas queridas. Pero en ciertos casos, las situaciones pueden abocar a la persona a sacrificar un valor -la felicidad propia- para proteger otro-la justicia-, lo cual puede suceder en función de la jerarquía de valores de la persona. No creo que tenga sentido negar que la felicidad es una motivación básica del ser humano. Igual que no tiene sentido negar la tendencia a la afiliación. Pero todo queda más claro si se reconoce que la felicidad no tiene por qué ser la prima inter pares, es decir, no tiene por qué ser el valor supremo. En este sentido, mi recomendación aquí sería dejar siempre claro que depende de cada persona en qué punto de la jerarquía sitúa su felicidad.
  7. La ciencia de la felicidad no tiene la verdad. La ciencia es un método, un gran método, pero no es perfecto. Y no aporta verdades absolutas, sino relativas. Nos permite comprender la realidad y construir un mapa que nos permite predecir y explicar los sucesos. La ciencia nos acerca progresivamente a versiones cada vez más refinadas de ese mapa. Pero es un mapa siempre sometido a revisión. Esto implica que hablar desde la seguridad absoluta, sobre la felicidad o sobre cualquier campo, es algo incompatible con las premisas propias de un marco científico. Por eso, la prudencia debe marcar cualquier comunicación sobre la felicidad, y muy especialmente cuando hablamos de teorías. La ciencia es probablemente la fuente más fiable de conocimiento, pero no es la única fuente, ni por desgracia tiene todas las respuestas. En un campo complejo como el de la felicidad no hay nunca que dejar de enfatizar que lo que a uno le puede funcionar no tiene por qué ser generalizable. Por ejemplo, sabemos que ciertas estrategias son útiles para optimistas pero no para pesimistas, o que algunas estrategias útiles para personas sin depresión como el recuerdo libre autobiográfico positivo, puede ser contraproducente para las personas con un estado de ánimo bajo. Tampoco hay que olvidar que las investigaciones se centran la gran mayoría de las veces en las tendencias generales, ocultando inadvertidamente los casos particulares. Cuando se observa que un factor como el optimismo o la extraversión aparecen asociados a mayores niveles de felicidad, hay que explicar que nos referimos a tendencias generales, lo cual no excluye que una persona pesimista o introvertida pueda ser altamente feliz. Simplemente nos dice que es estadísticamente menos probable que eso ocurra. Por último, los estudios que observan asociaciones entre variables, por ejemplo entre tener pareja y tener mayor felicidad, deben ser tomados con cautela. Es posible que la correlación observada puede ser debida a la hipótesis de partida, que tener pareja nos da más felicidad. Pero no se pueden descartar otras interpretaciones, como por ejemplo, que las personas más felices se emparejan más fácilmente, o incluso una explicación basada en un tercer factor diferente como que las personas más estables emocionalmente tiendan a la vez a emparejarse y también que fruto de esa estabilidad emocional sean más felices. En resumen, la prudencia en divulgación científica es siempre importante, pero en un campo como la felicidad, es una obligación.

Divulgar sobre felicidad no es fácil sino más bien todo lo contrario. Es una tarea delicada y comprometida. No debemos olvidar que es un tema muy importante para la mayoría de las personas, y hablando de divulgación eso tiene dos caras: podemos generar un gran bien y podemos generar un gran problema. Hagamos un gran bien.

Gonzalo Hervás Torres
Profesor de Psicología de la UCM
Presidente de la Sociedad Española de Psicología Positiva